|
ARTICLES-ARTICULOS HOME
HEALTH
HIV POLICY - ENGLISH
HIV
POLICY - ESPANOL
A TU SALUD
MARCIO COCHELLA - ESPANOL
MARCIO COCHELLA - ENGLISH
LITERATURE
POEMS
ENSUENOS
REVIEWS
POLITICS
CONRADO TERRAZAS - ENGLISH
CONTRADO TERRAZAS - ESPANOL
INMIGRACION
IMMIGRATION
NUESTRA VISION
POLITICS
ENTERTAINMENT
AL BALLESTEROS
ALBERTO OROZCO
GIPSY
MUSIC
SAMARA IN THE CITY
TRAVEL
TRAVEL
LIFESTYLE
CARLOS MANUEL - ENGLISH
CARLOS MANUEL - ESPANOL
OSCAR RECONCO
ENERGY READING
GABRIEL ARANDA
PLUMAS ROSAS
COCINITA DE CHICHI
GUEST CONTRIBUTOR
ADELANTE STAFF ARTICLE
Previas Ediciones
Past Editions |
Las manos de Efrén
temblaban por la emoción al leer la carta de su primo César. Tan
ensimismado estaba en los recuerdos de aquellos días que pasó junto a él,
que todavía no daba crédito a la noticia de que éste vendría a visitarlo.
Las dudas lo asaltaron. No sabía cómo iba a reaccionar al encontrarse otra
vez con aquel ser con el que compartió tantas aventuras, pero que le causó
mucho daño al alejarse repentinamente sin decir un adiós.
Sin embargo se daba cuenta de que la atracción que había sentido hacia
César podría despertar otra vez con esa visita. Hubiese preferido inventar
cualquier pretexto para no verlo, pero su corazón todavía albergaba la
tibieza de ese idílico amor que nunca se dio y que tal vez no se daría
jamás.
Pasaron los días hasta que llegó la ansiada fecha. Efrén sintió que le
temblaban las piernas al leer en el monitor del aeropuerto que el vuelo
había arribado.
Poco a poco fueron saliendo los pasajeros, mientras Efrén se moría de
ansias por ver a su primo surgir por esa puerta.
Entonces lo vio, y la sala de espera pareció iluminarse con su presencia.
A pesar de los años transcurridos no había perdido ese porte tan
característico al caminar. Su cuerpo había embarnecido pero para bien. A
través de la fina tela de su camisa se delineaban sus bien desarrollados
pectorales, y un abdomen plano. Los brazos se notaban mucho más abultados
y las piernas parecían tener más definición.
Su rostro se notaba más varonil, con una barba que comenzaba a salir y
mostraba una sombra que profundizaba la estructura ósea de la mandíbula.
Lo que tampoco había cambiado era su sonrisa con un aire de picardía y a
la vez de ingenuidad.
En cuanto lo vio Efrén supo que tendría problemas: sus sentimientos hacia
él no habían cambiado y sabía que esa iba a ser una tentación difícil de
vencer.
Haciendo uso de valor, se abrió paso entre la gente para recibir a su
primo, que en cuanto lo descubrió corrió hacia él con los brazos abiertos
sin reprimir toda esa efusividad que los envolvió cuando por fin sus
cuerpos hicieron contacto.
Un calor extraño se apoderó de Efrén cuando sintió que los labios de César
se posaron en su mejilla, al tiempo que se vio envuelto en un par de
fuertes brazos que lo apretujaron con ímpetu. Más sorprendido quedó cuando
César se negó a soltarlo y así abrazados caminaron hacia el
estacionamiento de la terminal aérea.
De pronto Efrén se sintió insignificante ante la avasalladora presencia de
su primo, pero siguió caminando al lado de él como si nada.
El camino al apartamento fue un martirio para Efrén, porque César parecía
no darse cuenta de la turbación que le provocaba al colocar su mano en
diferentes ocasiones sobre la pierna de Efrén, apretando un poco más de lo
que a su juicio sería normal. ¿Cómo podría hacer reclamo a esa tortura?
Finalmente llegaron al apartamento; a César le pareció acogedor. En
seguida tomó confianza y se sentó en el sillón de la sala, invitando a su
primo a sentarse junto a él. Reanudaron entonces la plática sobre las
cosas que habían sucedido todos estos años.
Efrén le ofreció una cerveza, y a esa siguieron otras más. Entonces César
dijo que le gustaría ponerse más cómodo, y sin esperar respuesta comenzó a
quitarse la ropa hasta quedar sólo en bóxers, y le sugirió a su primo que
hiciera lo mismo.
Para Efrén la situación era más difícil, pues ese día traía puestos unos
bóxers tan ceñidos a su cuerpo que evidenciaban la excitación que César le
provocaba. Pero se armó de valor, se quitó la ropa, y se sentó enseguida
junto a su primo. La plática continuó pero Efrén parecía no escuchar del
todo, pues dada la cercanía de su primo las piernas de éste rozaban
continuamente las de él, y César lo abrazaba con insistencia diciéndole
cuánto lo había echado de menos.
Un bostezo de César interrumpió la plática, y Efrén le propuso que se
fueran a descansar. Le dijo que la cama estaba lista en el cuarto de
visitas. Sin embargo César le pidió que lo invitara esa noche a dormir con
él, para continuar con la charla, porque tenía algo importante que decirle.
Se fueron entonces al cuarto y Efrén se recostó sobre la cama, pero como
si fuera algo natural César se acostó atravesado a modo de que su cabeza
quedó recargada sobre el abdomen de Efrén, haciendo que para éste fuera
prácticamente imposible ocultar la rigidez de su miembro que comenzaba a
empujar la tela de su calzoncillo, cosa que pareció pasar desapercibida
para el otro. Para colmo, la plática comenzó a tomar un aire de
peligrosidad porque César abordó el tema de aquella tarde en el hotel en
su doble cita con las muchachas. Efrén hubiese preferido evitar esa
plática, porque aún se sentía como el único culpable del alejamiento de su
primo; sin embargo César siguió hablando haciendo caso omiso a las
evasivas de Efrén.
Continuó dando detalle de lo que había pasado, como si Efrén no hubiese
estado allí, pero de pronto le dijo algo que lo dejó anonadado.
Con la voz entrecortada le dijo que él se había dado cuenta aquella tarde
de cómo Efrén lo observaba con detenimiento mientras tenían sexo con sus
correspondientes parejas, pero ante él se abrió de pronto una verdad: al
ver la cara de satisfacción de Efrén y la mirada que encontró a la suya se
imaginó que era a Efrén al que le hubiese gustado poseer en ese momento,
pero cuando la efusividad pasó, César optó por alejarse por el temor de
que su primo descubriera lo que en él se había despertado y éste se negó a
aceptar.
Había dejado pasar todo ese tiempo para ver si el sentimiento se
desvanecía, pero todo fue en vano, porque siempre pensó en su primo. Y
esta vez era él quien le pedía una oportunidad.
Efrén no podía dar crédito a lo que oía, ahora resultaba que su primo
había compartido el mismo sentimiento hacia él y ninguno de los dos había
tenido el valor de confesarlo; y menos pudo creer cuando César acercó su
rostro al de él y lo besó en los labios, encontrando obviamente una
respuesta inmediata. Se entregaron uno en brazos del otro y de los besos
pasaron a las mordidas, mientras las manos de ambos comenzaron a explorar
territorios antes desconocidos.
El cuerpo de Efrén vibraba de pasión, y le pidió a su primo que se parara
sobre la cama mientras él, hincado, le demostraba la adoración que sentía.
Los labios de Efrén hicieron contacto con esa columna tiesa de la que
surgían unas gotas semidulces que invadieron su paladar, mientras su primo
le rogaba que se la introdujera toda.
Al cabo de unos minutos, cambiaron de posición para que César hiciera
recíproca la caricia, encerrándose los dos en un mundo de deseos
finalmente compartidos.
No hubo necesidad de palabras cuando César tomó las piernas de Efrén y las
elevó hasta sus hombros. Efrén pidió una tregua para sacar un condón y
colocárselo hábilmente a su primo. Bastaron sólo unos segundos para
reanudar la invasión. Esta vez con confianza César fue invadiendo poco a
poco ese túnel candente que lo acogió con ansia; sólo hicieron una breve
pausa para que Efrén se adaptara a la invasión, y atacó con furia
desbordando todo ese deseo que lo mantuvo inquieto soñando con este
momento. En el rostro de Efrén se denotaba la alegría de haber alcanzado
lo que antes le pareció imposible, y una lágrima brotó furtiva por entre
sus ojos cerrados, mientras César con un beso la secaba al tiempo que sus
cuerpos aprisionaban el miembro húmedo de Efrén que comenzó a disparar su
carga bañándolos con una lluvia intermitente. Al ver ese rostro invadido
por el éxtasis, a César le vino a la mente el rostro de aquella tarde, y
fue entonces cuando perdió control de sí mismo y sintió como su cuerpo se
estremecía ante el arribo de un potente orgasmo que lo hizo gemir de
pasión mientras los cuerpos eran arrastrados por la furia intensa del
deseo. Ante tan arrolladora sensación, mientras sus cuerpos se
convulsionaban, se fundieron en un abrazo sabiendo que ya no habría nada
que los pudiera separar. Tomaron un descanso y al poco rato ya estaban
otra vez gozando de las delicias del sexo sin inhibiciones, como queriendo
recuperar todo ese tiempo perdido. |