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Muchos de ellos se
han conocido aunque sea de vista, otros quizá es la primera vez que se han
visto, pero en sí todos éstos hombres están hoy en el mismo lugar, cada
quien tendrá motivos distintos, quizá para algunos será la primera vez ahí,
otros tal vez están acostumbrados de modo tal que el vapor ha formado ya
parte de su vida cotidiana, el lugar parece pequeño por la gran cantidad
que son, pero en realidad es un espacio bien grande ubicado desde muchos
años atrás en esa esquina de la ciudad más moralista de México.
Unos a otros se miran con diferentes clases de miradas, hay algunos
totalmente desnudos, otros llevan una pequeña manta envuelta sobre su
cintura que mucho deja ver y poco deja para imaginar, la humedad es el
distintivo que invade a cada uno de los diversos y diferentes cuerpos, si
alguien quisiera verlos a todos los ahí reunidos en una fila india
apreciaría como cada cuerpo es tan único y tan distinto de los demás hasta
el punto de creer imposible cómo existen tantas formas tan especiales que
los distinguen a cada uno de los otros.
Ese lugar está subdividido a la vez en otros diferentes lugares que sirven
básicamente para que cada uno de ellos se deje impregnar por los humeantes
ambientes que se desprenden en cada uno de los cuartos de vapor, los
cuales son de diversos tamaños, pero simples en su construcción, unidos
por diversos pasillos, donde a fuerza de buscarle un poco se logra
encontrar también las áreas de regaderas; aunque lo verdaderamente
interesante realmente sucede en el área de vestidores, donde cada uno
tiene un pequeño cuarto privado con un mueble para recostarse si lo que se
quiere es descansar un poco.
Sin embargo, al hacer una observación que no necesita para nada ser
minuciosa, porque sucede con la mayor naturalidad del mundo y a los ojos
de todos, se sabe bien que los ahí presentes buscan algo más que solamente
disfrutar de los relajantes efectos del vapor. Porque lo que ahí se piensa,
lo que ahí de veras se siente, lo que de veras sucede, es una tormenta de
deseos, los cuales se palpan de una forma tan única que hasta sería
posible decir que se perciben con el olfato, nadie que haya pisado ese
lugar podría negarlo.
Muchas son las historias que se pudieran contar de cada día que ahí
encerrados en ese lugar de vapores viven cada uno de los hombres que lo
visitan. Hay tanta masculinidad, hay tanto erotismo, hay tanta sexualidad,
hay tanta bestialidad, que vivir esa experiencia resulta adictiva a la
testosterona que cada uno trae consigo. Nunca se sabe cuando es la mejor
ocasión, pero si acaso se entra ahí por primera vez resulta difícil que
sea la última.
Cada uno de los que ahí se han dado cita, sea en un día lunes o jueves o
en el mismo fin de semana, busca dar rienda suelta a su deseo, unos quizá
solamente se conforman con mirar cuerpos desnudos de hombres bajo la
regadera y muy bien pueden durar horas solamente observando pero en
realidad están deleitándose con solamente mirar, otros son más físicos y
lo que buscan es un contacto de piel a piel hasta llenarse las entrañas de
pasión. Otros cuantos pudieron con algo de surrealismo encontrar ahí al
amor de sus vidas.
Ya por la noche llega la hora en que todos deben abandonar el lugar,
muchos regresarán a sus casas como si nada hubiese pasado, pero todos y
cada uno de los que han sentido las bondades del vapor saben que durante
los minutos o las horas que allí hayan estado han experimentado toda una
fuerte revolución sexual que les ha de haber sacudido las hormonas al
nivel más básico del sexo; por eso una y otra vez tratarán de evocar las
imágenes y los aromas que vivieron dentro de ese vapor de la ciudad, hasta
que regresen a buscar siempre nuevas sensaciones.
garanda@adelantemagazine.com |