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El inevitable factor
“ex”
“Yo no se lo que sentí esa tarde que te vi, yo pensaba en otras cosas,
fuiste mucho para mi. Fuimos presos de un impulso, yo solo buscaba amor…
Si aún te queda algo de amor dentro de tu corazón no me mires a los ojos,
que me muero, yo me muero de dolor, hacelo por mí”
– Ataque 77 “Hacelo por mí”
Debo agradecer la posibilidad de contar a ustedes la siguiente historia, a
un par de amigos ecuatorianos quienes compartieron en la sagrada familia
del ciber queer historias personales de carácter universal, tal vez eso
sea lo único que compartimos y de cierto modo nos identifique, más aun nos
permita reconocernos cada vez que caminamos por la vía pública…
Hago esta aclaración honesta, porque la historia que trato de contar ya
fue contada y vivida por otros, es decir, es un relato que no me
pertenece, pero del cual me apropio para trazar cierto camino de nuestros
deseos itinerantes y furtivos, siempre a la deriva melancólica por un
futuro que ha de/venir imaginario.
El fin de semana largo que recién pasó, y venciendo mi natural timidez
propia de quienes pasamos de los treinta años, invité a un ex; una de esas
raras figuritas de antaño que ha logrado moverme el piso más fuerte que un
terremoto.
Llegó puntual a la cita, lucía más apuesto de lo que yo recordaba y más
dueño de sí mismo que de costumbre; con cabellos recién cortados y cada
uno en su lugar, muy bien vestido en su habitual estilo. Yo por el
contrario, vestía íntegramente de cuero (sí, efectivamente de cuero).
Cuando se percató de mi indumentaria me dijo en tono audaz: - hoy estás en
cueros! - a lo que contesté sonriendo: - yo te he visto en cueros en otras
ocasiones también - y sentí que el hielo empezaba a romperse
Cada vez que me atrevía a poner termino a mis relaciones, cualquiera sea
la importancia de alguna de ellas, decidía ferozmente no volver nunca más
al pasado, es decir, era un termino fatal, la amistad no tenía cabida, ni
siquiera una llamada telefónica para saber como estará aquel amor
obstinado de ayer. Mi política la decidí desde muy chico, era mi idea
ingenua de dar vuelta la página y “si te he visto no me acuerdo”.
Había perdido contacto con él por más de un año, y apenas –vagamente-
seguimos con los mensajes de celular o correos electrónicos. La verdad es
que después de casi dos años quise encontrarlo, solo con verlo empecé a
sentir maripositas en el estómago. ¿Sería la fría noche, sería el ambiente
de la cafetería o sería la luna llena?
Nos ubicamos en la barra, y poco a poco fueron fluyendo los más variados
temas cotidianos mientras cada uno fumaba su cigarrillo preferido y
compartíamos una copa de pisco sour, que siempre fue nuestro trago
favorito. Nada serio ni nada profundo. En un momento de la noche, nuestras
rodillas se rozaron por coincidencia y ya no eran maripositas lo que
sentía... eran descargas eléctricas las que recorrían mi cuerpo!. ¿Cómo
puede ser después de tanto tiempo?
En ese instante empezó a contarme de cómo se sentía, de sus relaciones
pasadas, de la ambigüedad que sentía con respecto a la identidad sexual,
me señaló sus nuevas preferencias, quiénes le llamaban la atención en la
cafetería, etc. etc. etc. Y yo solo atinaba mirarlo a sus ojos, tratando
de verme reflejado en ellos, sin éxito por supuesto.
El clímax llegó con la despedida, a la medianoche, cada quien para su
casa; un fuerte abrazo me dejó su perfume hasta más allá de la madrugada,
en compañía de Ataque 77 y unas cuantas canciones corta-venas.
Era el hombre perfecto para cualquier mortal y yo no hice el menor intento
por llegar a él, no sacrifiqué mi tiempo, no fui detallista como solía
serlo y tengo ahora un libro entero escrito de lo que no hice para poder
acercarme a él. En realidad y siendo honesto, traté de alejarlo y lo único
que conseguí fue alejarme de mí mismo y encerrarme en una depresión
nefasta.
¿Qué nos hace pensar que somos indignos de ser amados?
Esa pregunta se la formulé a un buen amigo y entre alcohol y algo más
llegamos a conclusiones como las siguientes:
Nos sentimos culpables, nos sentimos vulnerables, nos sentimos pecadores,
nos sentimos inferiores, nos sentimos amenazados, nos sentimos inseguros,
nos sentimos usados, nos sentimos cansados, nos sentimos desesperanzados,
nos sentimos desilusionados, etc.
Son tantos “mea culpa” que resultaría por demás aburrido el seguir con la
descripción del ¿cómo nos sentimos? en la búsqueda del amor. Estoy seguro
que si nuestro Príncipe Azul entrara en éste momento por la puerta y nos
ofreciera llevarnos al Reino Mágico en su corcel blanco, seguramente le
diríamos que no, y así de pronto terminó el análisis pormenorizado del
tema.
He leído nuevamente los correos electrónicos, las frases lindas y tiernas
y las metáforas de los caballeros de brillante armadura desenvolviendo sus
espadas, y un suspiro se ha escapado. Recuerdos de amores pasados que nos
enseñan en el presente.
Debo admitirlo, temo ilusionarme y enamorarme.... salir de debajo de la
piel de látex y mostrarme sin bronceado; temo ser herido y lastimado, temo
lastimar y herir, temo no ser recíproco, temo no controlar las emociones y
al demonio interno, temo despertar un día soleado con su presencia junto a
mí, y al día siguiente saber que se ha alejado; en definitiva, le temo al
futuro, aquel que ni las gitanas, ni las bolas de cristal pueden
descifrarnos.
Prometo que la próxima vez que vea a mi ex, le llevaré un peluche con
efecto retroactivo por todo lo que no hice, no dije, ni entregué. Quizás
así pueda verme reflejado en sus ojos por una sola vez. |