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El Viaje de Negocios
Parte Dos

El cuarto de baño se llenó de vapor haciendo difícil la visibilidad. Con gran esfuerzo intenté salir del sopor en que me hundió la experiencia tan abrasante que acababa de vivir con Miguel.

Con frases entrecortadas le expresé cuánto había disfrutado la caricia que con su boca me prodigó y me llevó hasta el clímax. Él sólo se limitó a mirarme con una sonrisa maliciosa; envolviendo mi rostro con sus manos posó sus labios contra los míos y nos volvimos a besar con fervor.

Con el frenesí a flor de piel en su cuerpo, Miguel jadeaba mientras mis manos tocaban por primera vez aquel puntal tieso que palpitaba entre sus piernas. Había llegado el momento de corresponderle.

Mis labios abandonaron su boca y se lanzaron a atacar su cuello y pecho. Comencé a vibrar con renovada pasión mientras mi lengua hacía círculos sobre sus pezones descendiendo poco a poco por el camino marcado que conducía a esa columna de adoración.

Su cuerpo rígido dio un salto al sentir mis labios posarse en la engrosada punta de su miembro. La excitación permanente de éste lo hacía palpitar con tal fuerza que parecía tener vida propia.
Apenas mis labios se separaron un poco, sentí cómo la fuerte estaca se abría paso hacia el interior de mi boca. Con mucho esfuerzo traté de dar cabida al invasor, pero por lo grueso y rígido de éste apenas logré que se introdujera la cabeza. Comprobé entonces que iba a representar todo un reto corresponder a Miguel con esa caricia que lo conduciría hasta la cumbre de la excitación.
Con mis labios comencé a succionar mientras con la lengua le lamía desde la punta hasta la base, llevándolo hasta los portales del delirio. A pesar de lo engrosado de su miembro, la piel que lo recubría se sentía suave y tersa en mi boca. Apenas logré relajar la mandíbula cuando sentí que empujaba hacia adentro introduciendo más de la mitad de su mástil.

Cuando creí que había ganado la batalla, sentí cómo las manos de Miguel se afianzaban a cada lado de mi cabeza y me jaló hacia arriba hasta que mi rostro quedó a la altura del suyo.
En mi cara se dibujó la duda, pero Miguel la disipó cuando me dijo que no quería terminar así; tenía otros planes en mente. Cosa que me hizo estremecer, pues imaginé qué era lo que se proponía. Y él me lo confirmó cuando confesó que nunca le había hecho el amor a un hombre y que sentía que este era el momento y yo había sido el elegido.

En mi interior comenzó a librarse una lucha; mientras mi cuerpo deseaba ser poseído por Miguel, mi mente aconsejaba tener cordura, pues lo haría con alguien que no había tenido una experiencia de este tipo, y por las dimensiones de su masculinidad podía no ser algo completamente placentero.

Sin embargo, como si leyera mi mente, Miguel me tomó una vez más entre sus brazos y me susurró al oído que no tuviera miedo, que si bien era su primera vez con un hombre, se consideraba un experto en el arte de hacer el amor. Y para aumentar la tortura, se soltó de mis brazos y se dirigió a la salida del baño. Esperé unos segundos y lo seguí al cuarto; pero con desilusión me di cuenta que recogía sus ropas y comenzó a vestirse. Permanecí bajo el marco de la puerta del baño esperando una respuesta. Mi mente era un caos de confusión y él pareció no notarlo.
Una vez que estuvo vestido, finalmente rompió el silencio:

“Ni creas que te vas a escapar” Me dijo. “Pero como siempre soñé que la primera vez sería inolvidable, prefiero tomar las cosas con calma. Mejor vayamos a almorzar, mientras preparamos lo que vamos a llevar a la junta de negocios; y ya una vez que pase esa reunión, regresamos al hotel y nos entregamos a lo nuestro. También hay que cancelar la segunda habitación; si no te importa deseo pasar la noche contigo. ¿Vamos?”

Con esfuerzo asentí con la cabeza; mientras comencé a ponerme la ropa un sabor amargo inundó mi boca pensando si en realidad Miguel cumpliría su promesa, o simplemente me había hecho víctima de su juego de seducción.

Me sentí frustrado pero traté de que no se me notara. Decidí poner una sonrisa en mi rostro pero sentí que sólo era una mueca ridícula; entonces me propuse olvidar momentáneamente el asunto y concentrarme en los negocios, que a fin de cuentas era la razón de nuestra visita a Phoenix.

El almuerzo pasó casi desapercibido por mi parte. Noté que Miguel se esforzaba por levantarme el ánimo  y lo ignoraba con el pretexto de estar concentrado en la junta.

Finalmente dieron las 4 de la tarde, hora de la cita. Sólo tuvimos que esperar unos minutos y vimos entrar por la puerta a tres directivos de Phoenix Motors. Cada quien tomó una silla y Miguel se sentó junto a mí.

A pesar de querer concentrarme en lo que los clientes proponían, la cercanía de Miguel me estaba sacando de mis casillas, pues éste aprovechaba cualquier oportunidad para poner su mano en mi pierna y la mantenía allí por unos minutos, mientras por encima de la mesa yo hacía esfuerzos inútiles por encontrar las palabras adecuadas.

Finalmente logramos convencer a los clientes y firmar el contrato. Mientras ellos se mantenían ocupados en la firma de documentos, Miguel jaló mi mano por debajo de la mesa y la llevó hasta su entrepierna. La sorpresa se apoderó de mí cuando sentí que introducía mis dedos por el frente de su pantalón. Tenía el cierre bajado y mi mano hizo contacto directo con su gruesa columna, haciendo que brincara en mi asiento mientras mi cuerpo se estremecía con la corriente eléctrica que lo recorrió sorpresivamente.

Por instinto saqué la mano inmediatamente, y me atacó una tos nerviosa que hizo que todos voltearan a verme, mientras Miguel se revolvía en su asiento muerto de la risa. Por fortuna nadie se dio cuenta del motivo de mi turbación.

Una vez cerrado el negocio nos apresuramos a despedirnos, inventando que teníamos que regresar a California esa misma noche.

Ya afuera, nos apresuramos a llegar al carro, pero al pasar por unos arbustos del estacionamiento Miguel me jalóhacia él y allí mismo me plantó un ardiente beso. El sabor del peligro hizo la caricia aún más excitante. Mi cuerpo temblaba de deseo por él.

Apenas llegamos al hotel, corrimos hasta nuestra habitación. No bien habíamos cerrado la puerta cuando Miguel se abalanzó sobre mi cuerpo y comenzó a tirar de mi ropa hasta dejarme completamente desnudo, mientras sentía cómo su aliento me quemaba la piel cuando besaba cada parte de mi cuerpo que iba descubriendo. Entonces me empujó fuerte haciéndome caer sobre la cama. Comenzó a desnudarse poco a poco mientras se movía sensualmente y sus labios murmuraban palabras apenas audibles pero llenas de deseo.

Como si se tratara de un ritual, de su maleta sacó una botella de aceite para masaje y un paquete de condones  que colocó en el buró junto a la cama.

En seguida me tomó entre sus brazos y me colocó bocabajo mientras posicionaba su cuerpo sobre el mío. Sentí un chorro de aceite sobre mi piel; sus manos comenzaron a apretar los músculos de mi cuello. Con gran destreza comenzó a hacer círculos con sus dedos mientras con su pecho y abdomen distribuía el aceite sobre mi espalda. A mis oídos llegó el jadeo constante producto del estado de excitación en que se encontraba. Su habilidad en estos menesteres era latente, sus manos estaban obrando maravillas en cada parte de mi cuerpo. Se tomó su tiempo en cada músculo que recorría. Mis sentidos estaban al borde de la locura con las caricias que me prodigaba.

Cuando sus manos comenzaron a abrirse paso por enmedio de mis glúteos, ya no pude resistir más y le rogué que me poseyera, quería sentir todo dentro de mí.

Me dijo que él también estaba deseando este momento y me pidió que me volteara. Quería observar cómo mi rostro se llenaba de deseo cuando se fuera introduciendo en mí.

Con el cuerpo tembloroso me di la vuelta y fijé mi mirada en la suya. Sus ojos estaban medio cerrados por la lujuria; me preguntó si estaba listo para él. Sin poder articular palabra elevé mis piernas hasta sus hombros y pegué mi cuerpo al suyo. Ni siquiera me di cuenta cuando se puso el condón pero en segundos sentí cómo su ardiente falo hacía contacto con mi trasero. La punta de su miembro encontró un poco de resistencia. A pesar de que se me escapó un gemido de dolor, no pedí compasión y comencé a menear la pelvis llevándola hacia atrás con una serie de pequeños empujones para hacerlo entrar profundamente. Era tanta la pasión reflejada en su rostro que me fue imposible apartar la vista. Nuestras miradas parecían gritar todo lo que estábamos sintiendo. De su boca sólo emergían sonidos guturales que clamaban total posesión de su presa. Su cuerpo se contraía ante las descargas de adrenalina que corrían en su interior, de ahí mismo donde había surgido la bestia en celo que atacaba sin piedad a mis entrañas, introduciéndose cada vez más fuerte y profundo mientras mi cuerpo se abría para recibir la descarga de placer que tanto había soñado obtener. En medio de convulsiones placenteras nos lanzamos a ese abismo donde no hay regreso.

Lo apreté como si no existiese un mañana. Nuestra piel se fundió en una sola haciendo que nuestros orgasmos hicieran erupción al unísono, explotando en una lluvia de estrellas que destellaban frente a mis ojos fuertemente cerrados, mientras el cuerpo de Miguel se convulsionaba rindiéndose al trepidante ataque de su propia erupción.

Entre gemidos nos quedamos abrazados con firmeza. Sólo pudimos relajar ligeramente el abrazo hasta que nuestra candente carga se vació con los últimos disparos. Incapaz de sostenerse entre mis piernas por más tiempo, Miguel se soltó de mi abrazo y quedó tendido sobre mi cuerpo, tratando de recuperar el aliento. Giré mi cabeza hacia un lado, incapaz de mirarlo a los ojos. Esta experiencia me había afectado hasta la locura, y no quería que acabase nunca.  Me besó una vez más y nos quedamos dormidos arrullados por el compás de nuestras respiraciones que lentamente volvían a tomar su ritmo normal.

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