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El Viaje de Negocios

--Necesitamos cerrar el contrato antes del fin de mes. Y va a ser necesario que uno de ustedes viaje hasta las oficinas de Phoenix Motors antes de que alguien más lo haga-- Nos dijo el gerente de la agencia de publicidad donde trabajaba; en su voz se notaba la desesperación que le invadía.

Enseguida todos empezaron a hacer uso de pretextos. Que si la familia, los hijos, la casa, las mascotas, y las opciones fueron desechando a cada uno de los empleados hasta que todas las miradas se enfocaron hacia mí. No hubo forma de evadir la responsabilidad, era obvio que tendría que cancelar mis planes del fin de semana y preparar mis maletas para ir a la ciudad de Phoenix Arizona y traer el tan ansiado contrato que arrojaría ganancias elevadas a nuestra compañía.

Debo admitir que la idea de manejar por unas 5 ó 6 horas en completa soledad no me atraía en lo más mínimo. Sin embargo los planes dieron una vuelta súbita que me hicieron pensar dos veces antes de rechazar el viaje:

No iría solo, me acompañaría Miguel, el nuevo empleado del departamento de contabilidad. Apenas lo había visto unas cuantas veces en el área del comedor, pero era imposible que alguien de un físico como él pasara desapercibido. Sus ropas lucían siempre impecables, me gustaba ver cómo la camisa de algodón se adhería a su pecho, mientras la tela de las mangas no ocultaba sus abultados bíceps.

A pesar de las reglas estrictas en el vestir que impone la compañía, a él parecían dejarle pasar por alto que usara las camisas arremangadas mostrando las venas saltadas de sus brazos que se extendían hasta la parte posterior de sus manos grandes.

La tela de sus pantalones se metía por entre su abultado trasero dejando poco a la imaginación. La ausencia de líneas por debajo de éstos me hacía pensar que no usaba ropa interior; y lo comprobé cuando al darse vuelta y caminar hacia donde me encontraba pude notar el vaivén de su grueso miembro que se balanceaba entre sus piernas al compás de su andar. Tanto me llamó la atención que me fue imposible desviar la vista hacia otro lado; pero cuando finalmente lo ví a la cara, él pareció no notar que era objeto de mi escrutinio.

Cuando lo perdí de vista me puse a pensar en un detalle: el cuidado indiscutible de su ropa, sus camisas bien almidonadas con las mangas y el cuello marcados, y de un blanco tan pulcro; al igual que la línea marcada de sus pantalones que denotaban el tiempo y el cuidado que se les había dado al planchar, me hicieron saber que era casado, y lo comprobé días después cuando noté el anillo de matrimonio en su mano izquierda.

De todas formas pensé que sería excitante viajar con él y saber más de su vida y gustos aunque en ello no hubiera una oportunidad para mí.

Pasé a recogerlo a las 4 de la mañana, para evitar el tráfico de los viernes.  Se había concertado la cita con los posibles clientes para las 4 de la tarde, así que podíamos tomarnos un descanso en el camino.

Si con la ropa de oficina me había gustado, su ropa casual lo hacía verse aun más atractivo. Traía una playera tipo polo desabotonada por el cuello, y unos jeans apretados que resaltaban su anatomía. No pude evitar admirar ese trasero en toda su extensión cuando caminó hacia la parte de atrás del carro y se inclinó para meter su maleta.

Entró al carro y se sentó; con una mano se abrochó el cinturón, mientras que la otra hurgaba en su entrepierna para acomodarse aquel promisorio paquete, que ahora se delineaba hacia la pierna izquierda.

Sentí en mi garganta cómo la saliva se atoraba, y tratando de no mostrar ninguna emoción puse el auto en marcha.

Comenzamos entonces una serie de preguntas y respuestas para conocernos mejor. Descubrí que compartíamos tantos gustos. Nos atraía la misma música, las mismas películas, los mismos libros, hasta el gusto por el teatro. Parecíamos afines en todo; excepto la orientación sexual por supuesto. Me confesó que llevaba cuatro años de casado y que las cosas a pesar de no ir mal, tampoco parecían funcionar como él hubiera esperado. Era por eso que había aceptado hacer el viaje para salir un poco de la rutina.

Me extrañó que me contara eso, pues apenas nos conocíamos, pero me dijo que yo le transmitía confianza y eso me agradó.

De vez en cuando, por el rabillo del ojo podía ver cómo Miguel se acomodaba el pantalón, y yo hacía uso de toda fuerza de voluntad para no voltear, sobre todo cuando noté que metía la mano por entre sus piernas y la dejó allí, para tratar de ocultar su erección mañanera.

Tanto estaba disfrutando su compañía que el viaje se me hizo corto. Eran apenas las 10 de la mañana cuando llegamos a las instalaciones del hotel. En la recepción nos informaron que a esa hora sólo había una habitación disponible. Podríamos tomarla para guardar nuestras cosas y después de las 3 de la tarde nos darían el segundo cuarto.

Le propuse a Miguel subir las maletas y después ir a desayunar. El decorado de la habitación lo hacía un lugar agradable. La cama estaba cubierta por una colcha blanca, de plumas, bordeada por almohadas estratégicamente dispuestas que invitaban a acostarse.

Como chamacos soltamos las maletas y nos aventamos sobre la cama. Comenzamos a rodar de un lado a otro disfrutando la caricia del lecho. Sin embargo al chocar mi cuerpo contra el de él sentí una descarga que me hizo dar un salto hasta quedar sentado en el borde. Miguel me preguntó si todo estaba bien, pero qué podía yo decir en ese momento. Por supuesto que no estaba bien, creo que estaba dejando que mi atracción hacia él se notara y eso me haría completamente vulnerable a un insulto tal vez.

Me percaté entonces que el frente de mi pantalón mostraba una protuberancia difícil de ocultar, así que aprovechando que estaba de espaldas a él le dije que se me antojaba darme un baño, según yo para refrescarme; pero lo que en realidad quería era aprovechar un momento de soledad para dar rienda suelta a mis instintos y tratar de calmar mi estado de excitación bajo la ducha.

Corrí al baño y me despojé de mis ropas. Me coloqué bajo el chorro de agua fría en mi intento por disminuir esa erección que ya comenzaba a dolerme; pero por lo que pude ver no iba a ser tan fácil. Tomé la barra de jabón y cerré mis ojos mientras cubría todo mi cuerpo con una abundante espuma. Me enjaboné el rostro, el cuello, mi pecho, mi abdomen, y cuando llegué hasta el área genital puse especial énfasis en enjabonar mi protuberancia fálica. Un suspiro se ahogó en mi garganta cuando sentí la caricia, pero procedí a enjabonarme el resto del cuerpo. Justo cuando estaba a punto de enjuagarme, mi corazón dio un sobresalto al escuchar la voz de Miguel por detrás de mí:

-¿Qué acaso no te enseñaron que cuando te bañas no debes dejar ningún área sin enjabonar? Por lo que puedo ver, te has olvidado de la espalda. ¿Me permites ayudarte?

Su voz entrecortada sonó como música a mis oídos. Pude notar también su respiración agitada.

Quedé en estado de shock cuando di la vuelta y descubrí que Miguel estaba completamente desnudo. Se había colocado tan cerca que pude percibir el calor que de él emanaba. Su cuerpo era tal como me lo había imaginado, perfectamente delineado y firme, pero lo que más me impresionó fue esa columna de carne trémula que se erguía majestuosamente por entre sus piernas. Por primera vez sentí miedo al descubrir la magnificencia de su miembro viril. Era mucho más grande de lo que había imaginado. Aspiré profundo y mi olfato se llenó con el más exquisito aroma sexual que su cuerpo irradiaba.

De pronto pensé que sólo era una alucinación y levanté mis brazos para tocarlo y comprobar que era real. Al sentir mis manos en sus hombros, me tomó por la cintura y me aprehendió en sus brazos. Mi boca esperaba ansiosamente la suya cuando sus labios me prodigaron el más candente y apasionado beso. Sin separarnos, nos colocamos bajo el chorro de agua y dejamos que esta vez el líquido nos acariciara a los dos.

No podía dejar de temblar ante tal arrebato; su cuerpo se restregaba al mío con tanta fuerza que me tuve que recargar en la pared para no perder el equilibrio. Ni el frío de la pared de mosaicos disminuyó el fuego que consumía mi cuerpo; Miguel parecía dispuesto a agotar hasta la última gota de placer que emanaba de mi interior.

Manteniendo el contacto de sus labios con mi piel, fue descendiendo poco a poco hasta quedar hincado frente a mí. Me pregunté si se atrevería a prodigarme el sexo oral que mi miembro demandaba. Sus labios se posaron suavemente sobre la punta de éste; parecía inseguro. Una gota transparente brotó y se posó en los labios de Miguel; con su lengua introdujo el dulce néctar a su boca y lo paladeó por unos segundos. Justo entonces su cuerpo se estremeció y de un golpe se introdujo toda esa masa de hierro palpitante que parecía llegar a su punto de ebullición.

Fue tal la furia con la que realizó su ataque que tuve que hacer uso de todas mis fuerzas para contener ese caudal de emociones que amenazaba con estallar en cualquier momento.

Sus manos hurgaron por mi entrepierna hasta irse metiendo por ese valle que resguardan celosamente mis glúteos. Un dedo comenzó a abrirse camino por ese túnel, mientras su boca continuaba bombeando mi erección con más fuerza para obtener su preciada carga.

La vista se me nubló, todo intento por retrasar el clímax fue en vano; ya no tenía fuerza de voluntad, estaba a punto de perder el control; sentí como su lengua se enterraba por esa área sensible entre la cabeza y el tronco de mi miembro, me fue prácticamente imposible detenerlo más, y una ola de electricidad hizo que mi cuerpo se estremeciera. De mi boca surgió un gemido tan fuerte que las paredes del baño se cimbraron. Entonces surgió un chorro de líquido semitransparente que cayó sobre el rostro, el cuello y el pecho de Miguel, mientras mi cuerpo se envolvía por la bruma de la tormenta y se estremecía ante tan arrebatadora experiencia.

Cuando la furia del huracán amainó, abrí los ojos para observar a Miguel. En su rostro se dibujaba una sonrisa de triunfo mientras me contemplaba desde abajo. Había logrado uno de sus objetivos, pero su mirada encendida y la palpitante monstruosidad entre sus piernas me hicieron saber que la tormenta aún no pasaba y que el ojo del huracán arremetería con más fuerza sobre mi agotado cuerpo. Se acercaba una prueba difícil para mí…… Continuará.

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