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El amor no es ciego
Por Gabriel Aranda

Cuando Arturo se había despertado ese viernes por la mañana jamás cruzó por su mente la idea de que la persona con quien había dormido la noche anterior le jugaría la peor de las traiciones que jamás se hubiese esperado en su vida. Llevaban cerca de cinco años compartiendo no solamente la cama sino, incluso los diversos gastos de la casa: no eran una pareja muy común, muchas personas que los conocían no alcanzaban adivinar la fórmula de que el amor siguiera en ellos porque ambos eran tan distintos uno del otro.

Quizá la clave de que ellos aun siguieran en una vida compartida por tan largo lapso fuera el hecho de que Arturo confiaba plenamente en el amor de su hombre, habían considerado que la honestidad sería un valor fundamental en su vida. Constantemente hablaban de aquellos deseos ocultos que experimentaban, e incluso trataban de cumplirse sus íntimas fantasías para darle un poco de brillo a lo que comenzaba a empolvarse desde tiempo atrás. Sin embargo, el corazón de las personas siempre alberga secretos que nunca llegan a ser compartidos.

Cuando sucedió, Arturo regresaba antes de tiempo porque su oficina había alcanzado el presupuesto del último semestre con una gran ventaja, y decidieron ir a celebrarlo bebiendo alguna cerveza como equipo de trabajo pero ese día él no se sentía muy bien, tenía ganas más bien de descansar, así que decidió regresar al departamento donde sorprendió al que creía su maravilloso compañero de vida haciendo un duro trabajo entre las piernas de una chica que reconoció al instante: era Betty, la compañera de trabajo de quien consideraba el ser más importante de su vida.

No quiso saber nada, en ese momento hubiese preferido haber muerto en un accidente de auto o algo semejante, pero en un abrir y cerrar de ojos se había dado cuenta que no conocía en realidad al tipo con quien una noche anterior había jugado una sexy competencia por ver quien utilizaba mejor su lengua en la piel del rival. Arturo sentía nublada la vista, oía las palabras de excusas de ambos sorprendidos, pero no las escuchaba, no lograba asimilar lo que estaba sucediendo, se sintió tan vulnerable, tan agotado, tan derrotado.

No recuerda Arturo ni las palabras, ni los abrazos no correspondidos, ni las lágrimas que suplicaban un perdón que nunca llegaría, lo único que recuerda es haberle pedido de un modo firme y sin querer dar marcha atrás que se largara para siempre de su vida; y no habían pasado ni tres días desde el momento tan dramático cuando se dio cuenta que había sido robado en su propia casa, la cuenta del banco que compartían estaba en ceros y las tarjetas de crédito estaban sobregiradas. En poco tiempo su amado hombre se mostró por fin tal cual era, parecía distinto de aquel con quien tanto vivió, compartió, soñó y platicó en los últimos años.

No podía creer que la persona con quien había compartido no solamente la vida, sino los sueños y los miedos, en menos de una semana le hubiera destrozado tan amargamente la vida, fue demasiado el daño, Arturo ya no quería ni siquiera levantarse a trabajar, llevaba días que no probaba ni siquiera un bocado, no contestaba ni las llamadas, ni abría la puerta de quienes llegaban a tocar la puerta de su departamento. Se sentía devastado, no pensaba en nada, solamente sentía, no podía dejar de sentir la rabia que le provocaba sentirse traicionado de la forma más vil que ni en sus peores pesadillas lo hubiese imaginado.

Pero nada es eterno y aunque lentamente comenzó a reaccionar, quiso hacer un cambio en su vida, ya no quería seguir oculto en la soledad y en la oscuridad, Arturo de pronto decidió que quería muchas cosas que antes ni siquiera había considerado, se sentía renovado pero por el deseo inconsciente de venganza, quería hacerle pagar tanto desamor, aún no sabía cómo, pero se conocía muy bien y estaba seguro que tarde que temprano idearía un buen plan para devolverle un poco de lo mucho que sufrió, pero eso sería después porque por el momento se conformaba con poder entrar a la regadera para luego poderse afeitar.

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