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La playa se encontraba a reventar; muchos habían decidido acudir a ese lugar en busca de un alivio a la agobiante ola de calor que se registró en los últimos días.
Aprovechando las circunstancias del clima solicité unos días de vacaciones y me animé a hacer un viaje por la California central; más en concreto renté una habitación con vista hacia la fascinante playa de Pismo Beach.
Desde el bacón de la habitación podía disfrutar de la belleza y majestuosidad de la playa de fina arena. Más allá pude distinguir unos peñascos a donde las olas chocan y levantan una brisa tan densa que se puede percibir hasta donde yo estaba.
Mi plan era irme desde temprano a la playa para gozar de esos atributos naturales y físicos. Necesitaba gozar de esa magia que el lugar proporciona.
Sin embargo, la placidez de la habitación me produjo tal encanto que decidí mejor pasar el día asoleándome en el bacón. La posición tan estratégica en que éste había sido construido permitía completa privacidad al huésped. Entonces saqué un libro, tendí la toalla en el piso y me recosté, dejando que el sol se encargara de hacer su trabajo acariciando mi piel y dándome ese bronceado que buena falta me hacía.
Me fui adentrando en la lectura, y, como suele suceder en las buenas historias, comencé a identificarme con el protagonista al punto que fui sintiendo cada detalle de la historia que iba describiendo. Cerré mis ojos y me dejé llevar por la pasión que Ángel, el personaje principal, sentía al ser poseído apasionadamente por Tristán, el muchacho griego que había conocido en la travesía por el Mediterráneo.
Era tal el detalle con que se describía la escena que mi cuerpo se vio envuelto por un torbellino de pasión que me incitaba a un juego de autocomplacencia. Tomé entre mis manos esa daga ardiente que había crecido en mi entrepierna y al compás de la lectura me fui adentrando más y más a las puertas del paraíso del placer.
Sin embargo no era así como había planeado pasar mis días de asueto. Iba a necesitar algo más que mi propia mano para satisfacer mis ansias. Dejé a un lado el libro, me levanté y me fui a sentar a una silla. De pronto comencé a sentirme solo y desee haber invitado a alguno de mis amigos para por lo menos ir juntos a buscar acción, pero era demasiado tarde para eso.
De pronto, como si mi pensamiento hubiese sido escuchado, alguien tocó a la puerta. Rápidamente me enfundé en mis shorts y fui a abrir. Allí, en el marco de la entrada estaba Steve, el muchacho que me ayudó a subir mi equipaje al cuarto.
Tanta había sido mi prisa por llegar a mi habitación, que apenas si me percaté de la presencia tan varonil de éste. Y ahora aprovechaba esos segundos para ver lo que me había perdido.
Su complexión musculosa hacía que el uniforme le quedara completamente entallado. Llevaba la camisa desabotonada hasta el pecho, y el botón que seguía parecía que iba a ceder con un ligero tirón. Llevaba unos shorts color crema tan entallados a sus bien torneadas piernas, que daban la impresión de ser una segunda piel. Y por lo que pude notar en una rápida ojeada, lo que llevaba por entre las piernas era un paquete de buena proporción.
En su rostro lo que más resaltaban eran sus ojos verdes que me miraban fijamente mientras yo hacía un rápido recorrido por los rincones de su fisonomía, y una hilera de dientes blancos se asomaba por un par de carnosos labios que se apetecía morder.
Su pelo blanqueado por el sol le daba un aspecto de surfista, pero lo prominente y marcado de sus músculos denotaban las largas horas que tal vez pasaba levantando pesas.
Finalmente, el silencio se rompió; de su garganta brotó una voz tan varonil que hizo que mis piernas temblaran por unos segundos.
-Sólo quiero darte la bienvenida a nuestras suites, y vengo a ver si no te hace falta nada.
“Claro que me haces falta tú”, pensé para mis adentros. Pero sólo alcancé a decir lo primero que se me ocurrió:
“Qué más puedo pedir cuando este lugar me ofrece la vista tan maravillosa que sólo invita al disfrute”, y mis ojos recorrieron su figura de arriba abajo para dar énfasis a mis palabras. Pero me arrepentí de ser tan abierto, y me fue imposible decir más. Mi rostro se cubrió de mil colores, cosa que él pareció disfrutar porque no perdió ni por un instante esa sonrisa cautivadora.
Antes de seguir hundiéndome con mis imprudencias dejé mejor que Steve dijera algo.
-Vi que llegaste solo y pensé que tal vez te gustaría acompañarnos a una fiesta que organizamos los fines de semana para huéspedes del hotel. Será esta noche a las 8pm en el área de la alberca. ¿Te gustaría acompañarnos?- preguntó.
Sólo alcance a mover la cabeza afirmativamente, mientras mi vista traicionera volvió a recorrer su cuerpo. Pero esta vez noté que él también me estudiaba de arriba abajo y entonces recordé que sólo llevaba puestos mis shorts, y por enmedio de éstos se había hecho visible la protuberancia que mi miembro erecto originó.
Traté por impulso de alejarme rápido de allí, pero lo que hizo Steve me dejó completamente inmóvil.
Se acercó lo más que pudo y sin decir palabra estiró su mano para atrapar mi erección. Por miedo a que alguien nos viera, lo jalé hacia dentro y cerré la puerta. Sus fuertes brazos me envolvieron al tiempo que sus labios se pegaron a los míos y me besó con una pasión arrolladora.
Me separé apenas un poco y le pregunté si nadie lo echaría de menos en la recepción y me dijo que su turno ya había terminado, así que se encontraba libre por el resto de la tarde.
Desabroché su cinturón, le bajé el cierre y le abrí el short haciéndolo caer al piso; con un pie se lo quité mientras dejé que él me despojara de la única prenda que traía puesta. Cuando desabroché su camisa descubrí un par de pezones duros y me abalancé a morderlos. El por mientras se quitó todas las demás prendas y en segundos estábamos los dos completamente desnudos.
Comenzó entonces a besar todo mi cuerpo hasta llegar a mi entrepierna donde sentí cómo la humedad de su boca envolvió mi falo ardiente. Cerré los ojos para disfrutar de la caricia mientras lo tomé por el cabello y le incrusté toda esa daga de carne viva, que con un poco de trabajo aceptó.
De pronto ya no lo sentí y abrí los ojos para ver qué había pasado. Lo vi allí, tirado sobre el piso, con sus manos en la entrepierna invitándome a degustar ese cuerpo cilíndrico que palpitaba entre sus dedos. Me acosté y enseguida me abrí paso por entre sus piernas. Comencé a lamer con ansia la punta de su miembro mientras me rogaba que lo tomara todo. Pero no lo hice; quería que me deseara.
En lugar de esto, tomé una de sus piernas y la levanté pasándola sobre mi cabeza hasta que logré que él quedara boca abajo. Me lancé entonces a conquistar ese valle candente que guardaban celosamente sus turgentes glúteos. Comenzaron mis labios a prepararlo para la inminente invasión. Sólo hice una breve pausa para alcanzar mi maleta y sacar un condón. Steve me lo arrancó de las manos y procedió a colocármelo.
Sin embargo trató de librarse, pero me subí sobre su cuerpo y dejé que mi erección comenzara a abrirse paso por sus entrañas. Justo cuando sentí que lo iba invadiendo, me sacó y trató por segunda vez de librarse, pero lo atrapé con mis brazos y empujé hasta el fondo. Alcancé a ver el goce dibujado en su rostro y continué atacándolo con pasión.
Con una mano busqué su miembro para aumentar su placer pero me di cuenta que estaba atrapado entre el piso y su abdomen. Me percaté que estaba gozando con la fricción y el calor que el suelo le producía. Metí mis brazos por debajo de los suyos y mis manos jugaron con la dureza de sus pezones.
Poco a poco me fue envolviendo con el calor de su cuerpo hasta que sentí cómo temblaba. Comenzó entonces a jadear y percibí cómo sus paredes internas apretaron mi miembro con tal fuerza que lo condujeron hasta los límites del placer. Me vi envuelto en una serie de espasmos mientras escuché cómo brotaban de la garganta de Steve esos gemidos animales que le produjeron el orgasmo y comencé a vaciar mi candente lava que brotó incontrolable de mi engrosada columna.
Apreté mis ojos con fuerza para tratar de prolongar la exquisita sensación de la caricia. Nuestros cuerpos continuaron moviéndose hasta quedar extenuados. Besé su cuello y acerqué mi boca hasta su oído, y con un murmullo le pedí que me acompañara por el tiempo que iba a estar allí. Y él me dijo que sí.
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